domingo, 5 de julio de 2015

AL AARAAF:

Parte I

¡Oh, nada terrenal excepto el rayo
(devuelto por las flores) de la mirada de la belleza,
como en esos jardines en que el día
surge desde las gemas de Circasia...
oh, nada terrenal excepto la emoción
de un cantarino arroyo por el bosque...
o (música de quien tiene un corazón apasionado)
la voz de la alegría, con tal paz emitida
que, como un rumor en la caracola,
su eco perdura y ha de perdurar...
oh, nada de esta escoria nuestra,
sino toda la belleza, todas las flores
que nuestro amor aprecia y ornan nuestras glorietas,
embellecen tu mundo tan lejano,
lejano, estrella errante!

Fue un tiempo grato para Nesacia, pues allí
reposaba su mundo indolente en el aire dorado
junto a cuatro brillantes soles: un reposo temporal,
un oasis en el desierto de lo bendito.
Lejos, lejos, entre mares de rayos que envuelven
de empíreo esplendor el alma encadenada,
el alma que apenas (tan densas son las olas)
puede bregar por alcanzar su destino,
a esferas distantes, de tiempo en tiempo, cabalgaba,
y, ya tarde, a la nuestra, la favorita de Dios.
Pero ahora, soberana de un reino bien anclado,
arroja a un lado el cetro, deja el yelmo,
y, entre incienso y elevados himnos espirituales,
baña en cuádruple luz sus angélicos miembros.

Ahora feliz y amada en aquella amable tierra
donde tuvo su origen la «idea de belleza»
(cayendo en espiral a través de los astros alarmados
cual cabellera de mujer entre perlas, hasta que, lejos,
sobre colinas aqueas se posó, y allí reside),
hundió en el infinito su mirada, y cayó de rodillas.
Densa nubes, como un dosel, sobre ella se ensortijan,
adecuados emblemas del modelo de su mundo,
sólo en la belleza visto, y que no impide ver
otra belleza que centellee a través de la luz,
una espiral que en torno a cada forma estelar se enroscaba
y todo el aire opalino en color envolvía.

Apresuradamente se arrodilló en un lecho
de flores: de lirios cual los que erguían la cabeza
sobre el hermoso cabo Deucato y brotaban
en derredor, impacientes de pender
sobre los errantes pasos -profundo orgullo-
de aquella que amó a un mortal y por ello murió.
La sefálica, que brotaba con las jóvenes abejas,
alzaba su tallo purpúreo en torno a sus rodillas,
y una flor enjoyada, mal llamada de Trebisonda,
moradora de los más latos astros, donde avergonzó antaño
a toda otra belleza, su meloso rocío
(el néctar fabuloso que conoció el pagano),
hasta el delirio dulce, lo vertió desde el cielo
y cayó en los jardines de los no perdonados
en Trebisonda y en una flor solar
tan semejante a la suya propia allá arriba
que aún sigue, torturando a la abeja, hasta esta hora
con la locura y un insólito ensueño:
en el cielo y en sus alrededores la hoja
y la flor de la planta fantástica, en aflicción
desconsolada permanecen, aflicción que inclina la cabeza
arrepintiéndose de locuras hace tiempo pasadas,
alzando el blanco seno al aire embalsamado
cual belleza culpable, sumisa y más hermosa.
También la nictantes, tan sagrada como la luz,
que teme al perfume, perfumando la noche;
y la clitia, vacilante entre muchos soles,
mientras ínfimas lágrimas por sus pétalos fluyen;
y aquella ambiciosa flor que brotó de la tierra
y murió casi antes de alzarse al nacimiento
quebrando su oloroso corazón en espíritu
para marchar al cielo, desde el jardín de un rey;
y el loto valisnerio, que escapó
de su lucha con las aguas del Ródano;
¡y tu muy adorable purpúreo perfume, oh Zante!
¡Isola d'oro! ¡Fior di Levante!
¡Y el botón de nelumbo que para siempre flota
con el Cupido indio por el río sagrado;
bellas flores, ¡fantásticas!, que tienen la tarea
de llevar entre aromas hasta el cielo el canto de la diosa:

«¡Espíritu que moras allí donde,
en el profundo cielo,
lo terrible y lo hermoso,
en la belleza compiten!
Más allá de la línea del azul,
la frontera del astro
que da la vuelta al ver
tu barrera y barrotes,
esa barrera que sobrepasaron
los cometas que fueron expulsados
de su orgullo y su trono
para ser esclavos hasta el fin,
para ser portadores de fuego
(el rojo fuego de su corazón)
con rapidez que no ha de cansarse
y con dolor que nunca se irá;
tú que vives -eso lo sabemos-
en la eternidad -lo sentimos-
pero la sombra de cuya frente
¿qué espíritu la revelará?;
aunque los seres a quienes tu Nesacia,
tu mensajera, ha conocido,
han soñado que tu infinitud
era un modelo para ellos mismos,
¡tu voluntad se ha cumplido, oh Dios!
La estrella viajó por lo alto
atravesando tempestades, pero viajó
bajo tu ardiente mirada;
y aquí, en el pensamiento, a ti
-en el pensamiento, que es como sólo puede
ascender a tu imperio y, así,
compartir tu trono-
la alada fantasíate
te entrega mi embajada
hasta que lo secreto sea conocimiento
en las inmediaciones del cielo.»

Calló y ocultó su ardiente mejilla,
avergonzada, entre los lirios, por buscar
cobijo del fervor de su mirada,
pues los astros temblaban ante la deidad.
No se movió, no respiró, pues se escuchó una voz
que invadía ¡con qué solemnidad! el aire en calma,
sonido del silencio para el medroso oído
al que los soñadores poetas denominan «la música de las esferas».
El nuestro es un mundo de palabras: a quietud la llamamos 
«silencio», que es la palabra más simple de todas.
La naturaleza entera habla, e incluso las cosas ideales
emiten vagos sonidos con sus alas visionarias;
¡pero, ay, no es así cuando de esta manera
en los reinos de lo alto pasa la voz eterna de Dios
y en el cielo los rojos vientos cesan!

«Aunque en mundos que corren en ciclos que escapan a la vista,
unidos a un pequeño sistema y a un sol,
donde todo mi amor es necedad y la multitud
aún cree que no tengo otros terrores que el nublado,
la tormenta, el terremoto y el embravecido océano
(¡ah! ¿no se cruzarán en mi camino más airado?);
aunque en mundos que tienen un único sol
las arenas del tiempo se tornen más vagas según se deslizan,
sin embargo, tuyo es mi resplandor, emitido
de manera que lleve mis secretos al más alto cielo.
¡Deja deshabitada tu casa de cristal y vuela,
con todo tu séquito, de un lado a otro del cielo lunar,
por separado, cual las luciérnagas en la noche siciliana,
y encamina a otros mundos otra luz!
Divulga tu embajada y sus secretos
a los altivos orbes que titilan, y sé así
barrera y proscripción para los corazones,
¡que no duden los astros de la culpa de hombre!»

Se levantó la doncella en la noche ambarina,
¡el crepúsculo de una sola luna! -en la tierra juramos
nuestra fe a un solo amor, y a una luna adoramos-,
el lugar donde nació la joven belleza no tenía más.
Cuando de las horas menguantes surgió el astro ambarino, 
se levantó la doncella de su altar de flores 
y por la montaña radiante y la umbría llanura emprendió
su camino, pero no abandonó todavía su reino teraseo.

Parte II

En lo alto de un monte de esmaltada cabeza
-como el adormilado pastor en su lecho
de pasto gigante, tumbado a su gusto,
levanta los pesados párpados y empieza a ver
murmurando «que espera ser perdonado»
a qué hora se halla la luna en su cuadratura en el cielo-,
de rosada cabeza que, destacando a lo lejos
el soleado éter, apresó el rayo
de los soles hundidos la víspera -a medianoche,
mientras la luna danzaba con la hermosa y más extraña luz-,
derecho sobre aquella altura se alzó un cúmulo
de columnas magníficas en el aire ligero,
lanzando desde el mármol de Paros su sonrisa gemela
a las lejanas olas que allí centelleaban,
y cuidando a la joven montaña en su guarida.
Pavimentada de astros fundidos, cual si hubiesen caído
a través del aire de ébano, plateando el sudario
de su propia disolución, mientras morían...
adornando después las moradas del cielo.
Una cúpula, que descendió del cielo unida por la luz,
se asentó suavemente sobre aquellas columnas igual que una corona;
una ventana hecha de un diamante redondo
daba hacia el exterior, hacia el aire purpúreo, 
y los rayos de Dios abatían aquella cadena de meteoros
y volvían de nuevo a consagrar toda la belleza
excepto cuando, entre el Empíreo y aquel anillo,
algún espíritu ansioso batía sus alas oscuras.
Pero en los pilares vieron los ojos seráficos
la oscuridad de este mundo; ese verde grisáceo
que la naturaleza prefiere para tumba de la belleza
oculto en cada cornisa, en torno a cada arquitrabe...
y los querubines que allí hay esculpidos
y que atisban desde su morada marmórea
parecían terrestres en su nicho a la sombra.
¿Estatuas aqueas en un mundo tan rico?
¡Frisos de Tadmor y de Persépolis,
de Balbec, y del sosegado y claro abismo
de la hermosa Gomorra! ¡Oh, la ola
ahora está sobre ti, pero es tarde ya para salvarte!

Al sonido el gusta divertirse en la noche estival:
lo atestigua el rumor del crepúsculo gris
que se acercó sigiloso al oído, en Eiraco,
de muchos locos que observaban los astros, hace tiempo;
que siempre sigiloso se acerca al oído de aquel
que observa, pensativo, la penumbra distante
y ve la oscuridad aproximarse lo mismo que una nube...
¿No es su forma, su voz, en extremo palpable y sonora?

Pero esto ¿qué es? ya viene y trae
consigo cierta música: es un tropel de alas,
una pausa, luego una melodía que avanza y que desciende,
y vuelve a estar Nesacia en sus estancias.
Por la fiera energía de su loca premura
estaban sus mejillas sonrojadas y entre abiertos sus labios;
y el ceñidor en torno a su gentil cintura
lo había hecho estallar el latido de su corazón.
En medio de la sala, a respirar,
se paró Zante jadeando. ¡En torno a ella,
la fantástica luz que besaba su cabello dorado
y anhelaba el descanso, sólo brillar podía!

Susurraban melódicamente las flores nuevas
a las flores felices, aquella noche, y el árbol al árbol;
borboteaban música las fuentes al caer
en sotos y cañadas con luz de astros y luna;
pero cubrió el silencio toda cosa
-hermosas flores, vivas cascadas y alas de ángel-
y el único sonido que brotó del espíritu
puso estribillo al ensalmo que entonó la doncella:

«Bajo el jacinto o la flámula
o el manojo de flores silvestres
que protege al durmiente
de la luz de la luna,
oh seres brillantes que caviláis,
entornados los ojos,
sobre los astros que vuestro asombro
ha desprendido de los cielos
hasta brillar entre la sombra
y bajar hasta vuestra frente
cual los ojos de la doncella
que ahora mismo os visita,
levantaos de vuestro sueño
en enramadas violeta,
pues son propias para el deber
estas horas con luz de estrellas;
sacudid de vuestros cabellos 
sobrecargados de rocío
el aliento de aquellos besos
que igualmente los sobrecarga
(¿cómo podrían, amor, sin ti
ser benditos los ángeles?),
¡aquellos besos de sincero amor
que al reposo os indujeron!
¡Arriba! Sacudid de las alas
todo aquello que os estorbe;
hasta el rocío de la noche
podría lastrar vuestro vuelo;
y las caricias de sincero amor,
oh, esas, dejadlas a un lado;
son ligeras en los cabellos, 
pero plomo en el corazón.
¡Ligeia! Ligeia,
hermosa mía
cuya idea más severa
se transforma en melodía,
¿tomaste la decisión
de mecerte entre las brisas?
¿O inmóvil por capricho,
como el albatros solitario,
sostenida en la noche
como él lo está en el aire,
vigilar con agrado
la armonía de allí?

¡Ligeia!, dondequiera
que tu imagen esté,
no hay magia que separe
tu música de ti.
Cerraste muchos ojos
en un sueño de ensueño,
pero aún surgen los sones
que tu vigilia guarda;
el ruido de la lluvia
que salta hacia la flor
y que vuelve a danzar
al ritmo del chubasco;
el murmullo que brota
de la hierba crece,
música de las cosas
son, aunque con sus normas;
parte, pues, oh querida
mía, parte cuanto antes
a las fuentes más claras,
que ilumina la luna;
al lago solitario que sonríe,
en su sueño de profunso reposo,
en las muchas islas-estrellas
que enjoyan su seno,
donde flores silvestres, trepando,
han mezclado sus sombras,
y a su vera dormitan
multitud de doncellas;
algunas han dejado el frío claro
y duermen con la abeja;
despiértalas, doncella mía,
en el páramo y en la pradera,
¡ve!, musita en su sueño
suavemente al oído
aquel musical número
que soñaron oír,
pues ¿qué ha de despertar
a un ángel tan temprano
al que el sueño le vino
bajo la fría luna,
como el hechizo aquel que ningún sueño
de brujería puede poner a prueba,
aquel rítmico número
que le indujo al reposo?»

Espíritus alados y ángeles visibles,
surgieron un millar de serafines a través del Empíreo,
jóvenes sueños aún inmóviles en su adormido vuelo;
serafines en todo salvo en «conocimiento», la luz viva
que cayó, refractada al cruzar por tus límites, lejos,
¡oh, muerte!, desde el ojo de Dios sobre este astro.
Dulce fue aquel error, más dulce aún que la muerte;
dulce fue aquel error, incluso entre nosotros el aliento
de la ciencia empaña el espejo de nuestra alegría...
Para ellos era el simún, y destruía,
pues ¿de qué les sirve (a ellos) saber
que la verdad es falsedad o que la dicha es aflicción?
Dulce fue su muerte; en ellos morir era madurar
con el postrero éxtasis de una vida saciada;
más allá de esa muerte no hay inmortalidad,
sino el sueño que cavilaba y no ha de «ser».
Oh, que mi espíritu fatigado more allí,
fuera del cielo eterno, y con todo ¡cuán lejos del infierno!

¿Qué espíritu culpable, en qué oscuros arbustos, 
no escuchó la punzante llamada de aquel himno?
Sólo dos: y cayeron, pues el cielo no otorga su gracia
a quienes no escuchan el pálpito de su corazones.
Un ángel-doncella y su serafín-amante.
Oh, ¿dónde (y podéis registrar el ancho cielo)
se supo más cercano al ciego amor del sobrio deber?
Sin guía, el amor había caído entre «lágrimas de perfecta queja».

El que cayó fue un espíritu espléndido:
un vagabundo junto al pozo cubierto de musgo,
el que mira a las luces que brillan en lo alto,
un soñador a la luz de la luna, junto a su amor.
¿Os maravilla? pues cada estrella es allí como un ojo
y mira con dulzura el cabello de la belleza;
y ellas, y cada manantial musgoso eran sagrados
para su corazón hechizado de amor y de melancolía.
La noche (para él noche de aflicción) había encontrado
al joven Ángelo sobre un risco del monte
que lanza sus quebradas a través del solemne cielo
y frunce el ceño a los mundos estrellados que hay debajo.
Allí se sentó con su amor y dirigió sus oscuros ojos
de mirada aquilina al firmamento;
más tarde los volvió hacia ella, pero aun entonces
volvieron a temblar ante el orbe de la tierra.

«¡Ianthe, queridísima, mira cuán tenue aquel rayo!
¡Qué hermoso verlo a tran gran distancia!
No surgió así aquella tarde de otoño
en que dejé sus estancias magníficas, sin lamentar partir.
Aquella tarde, aquella tarde, bien me acuerdo,
el rayo del sol cayó en Lemnos con hechizo
sobre los tallados arabescos de una estancia dorada
donde yo me sentaba, y sobre la tapizada pared,
y sobre mis párpados... ¡Oh, qué pesada luz!
¡Cuán perezosamente los fue hundiendo en la noche!
Sobre flores, antes, sobre niebla y amor pasaron
con el Saadí persa en su Gulistán;
mas ¡oh aquella luz! Yo dormía; la muerte, entretanto,
acechaba mis sentidos en aquella isla adorable,
tan queda, que ni uno solo de los sedosos cabellos
despertó de su sueño o se dio cuenta de que ella estaba allí».

«El último lugar de la tierra que hollé
fue un templo altivo llamado el Partenón;
había aún más bellea en torno a su muralla de columnas
que cuanta late en tu brillante seno;
y cuando el viejo tiempo mis alas liberó
de allí salté, cual de su torre el águila,
y dejé tras de mí años en una hora.
¡Todo el tiempo en que estuve suspendido sobre sus límites de aire,
la mitad del jardín de su globo centelleó 
desplegando como un mapa ante mis ojos
ciudades del desierto también, deshabitadas!
Entonces la belleza se agolpó sobre mí, Ianthe,
y casi deseé volver a ser un hombre.»

«¿Y por qué, ¡Ángelo mío!, ser uno de ellos?
Aquí hay para ti una morada más luminosa
y campos más verdes que en aquel mundo de allá arriba,
y los encatos de la mujer, y el amor apasionado».
«Pero ¡escucha, Ianthe!, cuando el aire tan suave
se debilitó, y mi espíritu alado saltó a las alturas,
tal vez mi cerebro sintió vértigo, pero el mundo
que abandoné tan tarde fue al caos arrojado;
surgió desde su centro, a salvo de los vientos,
y se extendió, una llama que cruzó el fiero cielo.
¡Creo, mi dulce amada, que dejé de subir
y caí, no veloz como antes ascendí,
sino con movimiento trémulo hacia lo hondo
a través de la luz y de rayos de bronce, a este astro dorado!
Y no fueron las horas de mi caída muchas, 
pues de todos los astros el tuyo era el más próximo,
¡oh astro pavoroso!, y llegó en medio de una noche de alegría
un rojo dedalió a la tímida tierra.»

«Llegamos -y a tu tierra- pero no nos es dado
discutir el mandato de nuestra dama;
llegamos, amor mío, en torno, arriba, abajo,
alegre luciérnaga de la noche, fuimos y vinimos
sin preguntar razones salvo el saludo angélico
que ella nos concede, cual concedido por su Dios...
¡Pero el anciano Tiempo nunca desplegó, Ángelo, sus fantásticas alas
sobre un mundo más fantástico que el tuyo!
Vago era su pequeño disco, y sólo ojos de ángel
pudieron ver el fantasma en los cielos
cuando supo Al Aaraaf que su carrera
le llevaba deprisa hacia aquí sobre el mar estrellado;
¡pero cuando su gloria fue hinchándose en el cielo
cual ardiente busto de la Belleza frente al ojo humano,
nos detuvimos ante la herencia de los hombres
y tu astro tembló, como hace en esos casos la Belleza!»

Así, en conversación, pasaron los amantes
la noche que menguaba y menguaba sin que llegara el día.
Cayeron, pues el cielo no imparte su esperanza
a aquellos que no escuchan latir sus corazones.

Edgar Allan Poe
 

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